Escrito por María José Rivera.
El conjunto de conferencias y artículos de Audre Lorde, obra nacida en el tránsito de la década de los setenta a los ochenta, genera un espacio de revelación, cuestionamiento y -sin duda- siembra los cimientos de lo que hoy, conceptualmente, conocemos como interseccionalidad.
Resulta todo un desafío ir elucidando el pensamiento, pero -además de ello- el sentir de la autora, quien nos propone un camino casi ritualista y no solo desde el autoconocimiento (comprendiendo este gesto como primer paso en nuestras luchas), sino como puente que conecta a la diversidad de mujeres que somos y podemos llegar a ser. Por supuesto dejando claro que no es posible ningún avance real para el feminismo sin esta interconexión entre nosotras: reconociéndonos en esta diversidad y advirtiendo, incluso, que de no hacer ese ejercicio -más allá de una simple tolerancia- resulta peligroso para las mujeres y nuestras luchas.
La poesía no es lujo -nos dice Audre- es la herramienta que permite, a través de su ejercicio, dar luz a las ideas latentes en la inconciencia, transformándolas en lenguaje (como poder), dando nombre a lo innombrado, a eso que subyace en cada una y que es la fuente más rica y poderosa en nosotras: nuestra propia experiencia. La experiencia de la que surge, además, la creatividad como fuerza impulsora de cambios. Es en este ejercicio poético en que se desmontan los miedos que nos cruzan, lo que permite que el dominio del silencio y sus tiranías comiencen su remisión para dar cabida a una real transformación individual, pero -a la vez- colectiva; ya que, puestas en perspectiva, las mujeres finalmente seremos capaces de subvertir y resignificar los miedos, pudiendo dar el siguiente paso. Primero en el discurso y luego, derechamente, en la acción.
En Lo Erótico como Poder*, impacta la claridad de esta afirmación. Lorde nuevamente decodifica “desde el sentir” antes que “desde el pensar” y nos invita -como mujeres- a develarnos desde una de las experiencias humanas más profundas, aquello que reconecta a las mujeres con un poder injustamente devaluado: nuestro eros como energía creadora y no como pecado. El erotismo, entendido éste como la energía creativa que nos permite validarnos desde un estado de goce, repotenciándonos en múltiples espacios de nuestra vida, pero también autoafirmándonos y desencadenando los giros vitales necesarios que nos permiten encaminarnos a otras formas de sentir(nos), pensar(nos) y vivir(nos), más allá de las opresiones que históricamente no han señalado y -lamentablemente- construido. Opresiones que la autora denuncia abiertamente: clasismo, machismo, racismo, heteronorma y homofobia.
Experienciarnos -como mujeres- de este modo, ser consciente desde eros, el dolor, la ira, incluso desde el miedo, cuando éste último no nos detiene, sino que nos encausa, abre la puerta al poder de la autodefinición. Esta idea de Lorde hace un guiño a una tercera vía entre el feminismo cultural y el feminismo postestructuralista -propuesta por Alcoff (1998)- cuando aborda el problema de conceptuar a la mujer como sujeta de los estudios feministas. Para esto referencia a Lauretis y su observación sobre aquello que engendra lo femenino desde el autoanálisis: la toma de conciencia del complejo de hábitos, disposiciones, asociaciones y percepciones que nos construyen, pero que no nos fijan porque las barreras discursivas mutan en virtud del lugar donde nos toca situarnos en la historia colectiva y personal que nos toca vivir.
Lorde tensiona a la academia feminista de los albores de los ochenta, planteando el peligro que deviene de un único discurso en nuestras luchas, señalado con énfasis que “el no reconocimiento de las diferencias, como fuerza crucial, es el fracaso de no llegar más allá de la primera lección patriarcal”. Ejemplo de esa lección (aprendida) se puede encontrar el análisis realizado por Ángela Davis en su texto Mujer, Raza y Clase, al proceso histórico de la campaña por los derechos de las mujeres en Estados Unidos, en donde se fusionan la lucha abolicionista de la esclavitud con la de los derechos de las mujeres, pese a la inicial indiferencia de las mujeres blancas burguesas hacia las mujeres obreras y las mujeres negras, decanta posteriormente, en mutuo reconocimiento de las opresiones, en una identificación -estratégica tal vez- en pos de metas comunes.
En Carta Abierta a Mary Daly se evidencia de manera emotiva, pero directa, la interpelación que Lorde hace a los feminismos blancos y su nulo o escaso interés de explorar esas otras realidades marginalizadas, lo que ella -derechamente- llama el desdén en Daly, que encarnan las mujeres blancas que detentan un pequeño estadio de privilegio (o poder aparente) que no les permite extender su mirada más allá de sí mismas, en la ya desafiante construcción del discurso feministas de su época. La autora señala la certeza de que todas estamos en los márgenes, viviendo una existencia marginal, por lo que no hay otra salida a la supervivencia que reconocernos primero para unirnos después. El no hacerlo niega y distorsiona esas otredades que, al fin y al cabo, somos todas.
Lorde evidencia y cuestiona a Daly, le espeta con claridad señalando que en su discurso redescubre diosas, pero solo las euroccidentales o judeocristianas, no las africanas y su riqueza arquetípica de poder; también cuestiona la sesgada visión hacia las mujeres negras o tercermundistas, las que solo son vistas como negadoras de su propio poder y/o víctimas. Misma idea desarrollada por Mohaty en Bajo Los Ojos del Occidente, Academia Feminista y Discurso Colonial sobre las mujeres del Tercer Mundo, en la que son representadas arbitrariamente en un estatus de objeto de violencias y opresiones.
Un vínculo íntimo y distinto, aunque no menos cuestionante, se desprende del texto e intertexto que nos brinda la entrevista entre Audre Lorde y Adrienne Rich, donde el diálogo fluye horizontal evidenciando ese reconocimiento previo y mutuo. A partir de dicha conexión, es posible explorar en ambas poetas sus experiencias vitales que, si bien se vivencian desde distancias distintas, nutren justamente ese encuentro necesario, especialmente en las luchas comunes que las convocan. Hay voluntad de entendimiento mutuo y, por ende, interconexión pese a las diferencias, las que incluso pueden y deben redefinirse en conjunto, evidenciando que es proceso que nos compete a todas las mujeres -sin exclusiones- porque se nos ha enseñado a ignorar o sospechar de nuestras diferencias para separarnos y hacernos vulnerables ante las opresiones que nos secundan desde juego patriarcal.
Como poeta, los textos de Audre, me invitan a explorar los invisibles, los impensados desde mi propio prelenguaje y habitar el territorio preverbal del sentir, redescubriendo la palabra como una forma de poder al renombrarme en ella como Mujer; reapropiarme de ese poder del que se nos ha despojado a las mujeres, relegándonos al silencio, a la autoexclusión tras siglos y siglos de cultura patriarcal, como denuncia Kirkwood, desde el feminismo chileno.
Lorde nos habla de la importancia de reconocer “nuestras polaridades necesarias” como fuente nutricia y no como una amenaza que entorpezca los avances que soñamos. Su obra interpela al feminismo de mujeres blancas de su época y las conmina a visibilizar a otras mujeres y sus diferencias, pero no se queda solo ahí, también se interpela a sí misma y a esas otras -que se identifican desde la marginalidad- a la autodefinición como un gesto de poder. Una interesante invitación porque, es justamente ahí, en ese último punto, en que podremos de dejar de hablar de las herramientas del amo y caminar hacia el desmantelamiento de la casa del amo como un hecho posible en el ejercicio de deconstruir estas “jerarquías de opresión” que replicamos incluso entre nosotras.
Audre nos desafía a sentir, como mujeres interseccionales, hermanas y extranjeras que somos y, desde ahí, esos invaluables territorios; conectarnos con ese poder y usarla como una herramienta -ya no del amo- y reconstruir nuestras libertades.
“Nuestros sabores son separados y particulares
pero nuestras pieles cantan claves complementarias
a las ocho menos cuarto de tiempo medio
estábamos contando las mismas historias
un vez y otra y otra”
Lorde, 1978
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Bibliografía:
*Fragmento de ensayo presentado en la 4ta Berkshire Conference of Women Historians, en Mount Holyoke College, el 25 de agosto de 1978.
Lorde, A. (1985). La hermana, la extranjera
Alcoff, L. (1988). Feminismo Cultural v/s Post-Estructuralismo: la Crisis de Identidad de la Teoría Feminista, Revista Debates, N76, pp. 1-26.
Mohanty, Ch. (1984). Bajo los Ojos de Occidente: Academia Feminista y Discurso Colonial en Suárez, L.& Hernández, A. (2008). Descolonizando el feminismo: Teorías y Practicas desde los Márgenes. Ed. Cátedra: Madrid.
Davis, A. (2004 [1981]). Mujeres, Raza y Clase. Ediciones Alcal: Madrid. (Capítulo 3).
Kirkwood, J. (1986). Ser política en Chile: las feministas y los partidos políticos. FLACSO: Santiago de Chile-
Audre Lorde. (1978). El Unicornio Negro –The Black Unicorn-, W. W. Norton & Co., 1978







